En los últimos años se ha hecho cada vez más evidente la necesidad de que el mundo realice una transición para alejarse de los combustibles fósiles. La producción de estos combustibles y sus derivados (petróleo y amoníaco, por ejemplo) tiene un impacto directo en nuestro planeta y, según el Atlas del Plástico, son los principales responsables del agravamiento de la crisis climática, debido a las enormes toneladas de emisiones de gases de efecto invernadero que genera su quema.
Aun así, nunca hemos dependido tanto de estos recursos. Pensemos en nuestro día a día. Desde el plástico que usamos en compras hasta el autobús en el que nos movilizamos, vivimos inmersos en productos que están directamente relacionados con estos materiales. Y cada vez sentimos más las consecuencias, como el aumento de fenómenos climáticos extremos, como inundaciones, tormentas y sequías y fenómenos de evolución lenta, como la pérdida de productividad agroalimentaria, erosión costera, entre otros.
En este contexto, debatir la salida de estos combustibles debería ser una de las prioridades de cualquier debate internacional. Sin embargo, el lobby de este sector es enorme y, con la ayuda de los llamados “PetroEstados” (países productores de petróleo), el tema se convierte en casi tabú en las negociaciones internacionales.
Por ello, Colombia y los Países Bajos decidieron unir fuerzas y liderar la Primera Conferencia Internacional sobre la Transición para Abandonar los Combustibles Fósiles. Entre el 24 y el 29 de abril, en Santa Marta, Colombia, representantes de más de 50 países, además de parlamentarios, científicos, movimientos sociales y pueblos tradicionales e indígenas, se reunieron para abordar una pregunta central: ¿Es posible abandonar los combustibles fósiles y sus derivados?
El encuentro comenzó por la ciencia, que durante los dos primeros días, 24 y 25, se organizó una conferencia académica global para presentar diagnósticos y caminos hacia un futuro libre de combustibles fósiles, además de alertar sobre los riesgos de las falsas soluciones. Como parte de este proceso se crearon 15 grupos de diálogo, “workstreams”, que debatieron elementos centrales para los combustibles fósiles desde una perspectiva académica.
La participación en el workstream sobre petroquímicos permitió comprender una dimensión poco visible del debate: ante la descarbonización del sector energético y del transporte, la industria fósil parece estar apostando por expandir la producción de plásticos, fertilizantes y otros petroquímicos como una nueva fuente de ingresos.
Esto demuestra que debatir sobre una transición justa no solo significa pensar en la eliminación de los combustibles fósiles, sino también en la reducción de la extracción para otros productos.
Sin embargo, para reflexionar sobre ello, también es necesario abordar la cuestión de los sistemas alimentarios. Porque existe un modelo de producción hegemónico basado en los productos petroquímicos y vinculado a ellos, que abarca desde el amoníaco —utilizado para la producción de fertilizantes y pesticidas— hasta el plástico. Como bien señalan las recomendaciones del grupo de trabajo, «los sistemas alimentarios consumen alrededor del 15 % de los combustibles fósiles a nivel mundial y son responsables de aproximadamente un tercio de las emisiones globales de gases de efecto invernadero; por lo que deben ser prioritarios en el debate sobre la eliminación gradual de dichos combustibles». Y un primer paso importante es visibilizar estas relaciones y el uso de estos materiales, que es cada vez mayor, aunque sigue siendo muy desconocido para la mayoría de la población.
La propuesta, al término de los dos días, fue presentar vías de actuación para los países, así como contribuir a un proceso que continúe más allá de Santa Marta. De este modo, se buscó avanzar en las relaciones entre diferentes movimientos, organizaciones e institutos de investigación para la continuidad de estos debates, con el objetivo de fortalecer a estos actores en la incidencia nacional e internacional a favor de una transición que se aleje de los combustibles fósiles.
En este sentido, también es importante mencionar el anuncio de la creación del Panel Científico para la Transición Energética Global (SPGET, por sus siglas en inglés), cuyo objetivo es asesorar a los gobiernos en la transición energética global, a partir de análisis basados en datos empíricos y en la colaboración entre el mundo académico y los gobiernos, elaborando recomendaciones que orienten las políticas públicas y las medidas concretas hacia la descarbonización. Se trataba, por tanto, de volver a situar la ciencia en el centro de todos los debates y recomendaciones en el ámbito de los combustibles fósiles.
Y mientras el mundo académico se reunía, los pueblos y comunidades de los territorios, junto con organizaciones y movimientos sociales, organizaron la Cumbre de los Pueblos, un espacio para compartir pruebas sobre los principales impactos de un sistema fuertemente basado en los combustibles fósiles y dependiente de ellos, desde la extracción hasta el consumo, denunciando también sus dimensiones extractivas, racistas, clasistas, patriarcales y coloniales. Al término de los tres días, se presentó una declaración final en la que se exigía una transición justa y equitativa para abandonar los combustibles fósiles, en consonancia con una estrategia para mantener el aumento de la temperatura por debajo de 1,5 °C y con el objetivo de alcanzar cero emisiones globales de carbón, gas y petróleo para 2050. También se señaló la necesidad de garantizar el acceso universal y equitativo a las energías renovables, además de pronunciarse en contra de las falsas soluciones, como el intento de presentar la energía nuclear como una «energía limpia».
El mensaje final de la sociedad civil fue claro: romper con este modelo es fundamental, y hay que empezar por replantearse las relaciones y los roles de los diferentes actores, desde los pueblos indígenas y las comunidades tradicionales hasta los bancos y los Estados.
En el segmento de alto nivel entre países, 57 reunidos en Santa Marta decidieron que el grupo se centrará en impulsar una transición energética sin depender de un consenso global, actuando de forma proactiva. Entre los principales puntos debatidos destaca la promoción de tres frentes de trabajo, a saber: la elaboración de hojas de ruta nacionales y la incorporación de los compromisos en las política climáticas de los países; el debate sobre la dependencia macroeconómica y la arquitectura financiera; y la relación entre producción y consumo para hacer viable un comercio libre de combustibles fósiles. Además, se reforzó la idea de continuidad, ya que la próxima conferencia se organizará en Tuvalu en el año 2027 –en una de las islas del pacifico, más afectadas por la crisis climática que tiene la proyección de desaparecer.
Aún es pronto para evaluar el legado de la conferencia, y será necesario seguir de cerca los próximos debates, incluido el proceso previo a la COP31 en el marco de la discusión de la ONU sobre cambio climático en el marco del Acuerdo de París, que se celebrará en noviembre en Turquía. Pero una cosa ya es evidente: ha contribuido a renovar la energía y la esperanza a partir de las voces de la sociedad civil, que siguen señalando caminos concretos hacia un futuro libre de combustibles fósiles.