
Hay que enchurar y desenchurar el tiempo. Para los Pastos el tiempo no es lineal, son churos, espirales1 . La vida se encuentra en una espiral que se mueve de manera cíclica y nos lleva a pensar en los tiempos de adelante, de nuestros ancestros, en el presente, en nosotros y en el tiempo de atrás, el de las futuras generaciones. Cuando un Pasto relata la historia de su pueblo, vuelve a la memoria de los mayores y mayoras, cuenta su origen desde el mito, desde la vivencia de los mayores y mayoras infieles, antiguos, brujos sabios y poderosos; se vuelve sobre el tiempo de la Conquista, la Colonia o la República comparando, tejiendo, enchurando y desenchurando el tiempo, la memoria y las vivencias.
La antropóloga Janeth Liliana Taimal Aza nos remite a 3 tiempos importantes en la historia de los Pastos. El primero de ellos es el periodo de los infieles, donde los españoles llegaron a conquistar estos territorios y muchos de los indígenas tuvieron que enterrarse con sus pertenencias para no ser despojados; otros se enfrentaron en guerras y algunos se petrificaron en cerros y lagunas para encantar el territorio con el propósito de cuidarlo de los venideros. El segundo periodo es de los mayores y mayoras antiguas, que tuvieron que soportar el proceso de colonización y ejercieron su lucha por la defensa del territorio desde donde les era permitido. Y, por último, se encuentran los recuperadores y renacientes, indios resueltos que lucharon en las recuperaciones de tierras para dejarles un legado de lucha y resistencia a los renacientes Pastos.
—A ver, grabe o quesque2 va hacer —me dice doña María con un tono de mando.
—Ya está —le digo—. Usted hable nomás.
—Yo sí me voy, dije, me hacía falta, quería comprar mis cosas, mi ropa, alguna cosita. Nueve años tenía cuando me fui, que desque3 necesitaban una niñera y por eso me fui.
Doña María es una mujer de mediana estatura, de cabello crespo, pero no de nacimiento, en sus tiempos estaba de moda tener el cabello así y ella decidió dejárselo hasta hoy en día. Como característica especial, su cabello no es largo, es corto, parecido al de los hombres. Es delgada y muy fuerte, siempre repite que hay que hacer breve las cosas, no estar al paso, que hay que comportarse bien y andar bonito. Es agradable escucharla, aunque a veces no haya mucho de que conversar.
—Los Araujo era donde yo me fui a trabajar. Los zorros les sabían decir.
Los Araujo era una familia ecuatoriana terrateniente, asentada en el Resguardo de Cumbal desde la época colonial, que había desplazado a cientos de familias indígenas con el fin de quedarse con estas tierras para producción de leche y carne. Vivían en la ciudad de Tulcán (Ecuador) y desde allá administraban los bienes que tenían en Colombia, mientras los indígenas eran relegados a sobrevivir cada vez más en las zonas altas de los páramos del resguardo.
—Yo salí de los 15 años de ahí, de donde esos viejos avaros. Cuidé al nieto del viejo zorro, del Epaminondas Araujo. Esos tenían 3 haciendas acá en Cumbal. Cuando me fui, me pagaron 40 sucres de hartos meses, de harto tiempo que trabajé.
Doña María estuvo al servicio de los hacendados por más de 5 años, siendo la niñera de quien heredaría el poder que había perpetuado a los indígenas a la pobreza y marginación dentro de su propio territorio. Cuenta cómo cada domingo la traían a la hacienda para que cuidara del niño, mientras ellos atendían asuntos relacionados con la administración de la hacienda. La casa de la hacienda se encontraba ubicada en una zona estratégica, en una loma, desde donde se podía observar gran parte del territorio de Cumbal y parte del norte del Ecuador. Desde allá doña María, con lágrimas en los ojos, podía observar su vereda e identificar dónde estaba ubicada su casita, una chocita donde vivía su mamá, que añoraba su regreso con mucha esperanza. A los sin tierra nos toca así, migrar y migrar, con el deseo de volver algún día al territorio.
—Después me fui donde unos profesores a Quito; él era francés y la señora de Quito. Allá sí me trataron bien, fue otra cosa. Acá sí sufríamos, diciendo que indios, peor nos trataban. Pero de allá sí venía a cada rato a dejar cualquier cosa, comida, ropa; después sí me iba, meta4 .
Doña María tiene 2 hijos: un hijo ya casado, quien tiene 2 hijas (es decir, es abuela de 2 niñas) y Kathy Elizabeth Chinguad, quien hoy en día es una profesional gracias al esfuerzo de su madre, quien es madre cabeza de familia; para la época, ella rompía con los preceptos morales y culturales de la comunidad, por lo que también fue estigmatizada y señalada dentro del resguardo. Sin embargo, su hija sigue con la herencia de esa madre fuerte, valiente y perseverante, enseñando y aprendiendo que cada día como mujeres podemos tejer redes que permitan juntarnos a construir un mejor futuro para las mujeres dentro del territorio.
—Cuando yo vine de Quito, como a los 21 años, quedé embarazada de mi Andrés. De ahí ya no pude ir, ya me amarré. Y la recuperación de tierras ha de haber iniciado cuando él tenía 5 añitos. Después yo, como estudié mi bachiller, me metí a una convocatoria de hogares FAMI del Bienestar Familiar y en eso estuve trabajando hasta el año pasado que me pensioné… Se ha negriado el fogón, por estar converse y converse —me dice—. Sople, atizone, póngale leña, porque se apaga y está frío, siquiera para abrigar.
Tomé el juco5 de aluminio, raspé el carbón y aún había brasa. Soplé y el humo empezó a salir por la chimenea. Doña María cogió la leña que se encontraba en el suelo a lado del fogón y le colocó a la brasa. En la otra mano sostenía un vaso de jugo vacío, en la conversa se lo había tomado todo. En seguida se levantó de la silla dejando ver un cuero de vaca que había hecho y puesto en el asiento de la silla para que abrigue a la hora de sentarse, se dirige hasta el lavaplatos, deja el vaso ahí y sale para afuera.
—Ya vengo, me voy a ver mi vaca —dice.
Este es el tiempo duro de las mayores antiguas, tiempo de la reivindicación de derechos, luchas y resistencias frente a la imposición de afuera. De rodiar el territorio para conocerlo. Al mismo tiempo que lo caminamos, nos reconocemos nosotras mismas como parte de él, criando y dando vida. Criando el pensamiento, la palabra, la conexión con el territorio. Dando vida a la acción, los hechos, accionando en pro del territorio desde el trabajo comunitario para reivindicar, salvaguardar, resguardar y buscar que la palabra de las mujeres resueltas dentro de la comunidad sea escuchada.
Seguimos desenchurando el tiempo, la espiral nos lleva a conversar de los renacientes. Los recuperadores y recuperadoras habían dejado un gran legado de lucha y resistencia; las haciendas que antes pertenecían al “zorro” eran del resguardo. Amparados por la escritura 228 de 1908, los indios habían ganado la pelea a los terratenientes. Después de mucha sangre y muerte, lograron “recuperar la tierra para recuperarlo todo”, consigna compartida con el pueblo Misak. Esta lucha significó la reivindicación de los derechos desde lo constitucional, cultural, social y hasta económico. La educación para los indígenas se hizo necesaria, tanto el acceso a colegios públicos como a universidades. Había que educar al indio, dicen los mayores, una frase con un tinte colonial y hasta racista, pero necesaria para entender que los indígenas también podían ser estudiados o profesionales. Sin embargo, la repartición de tierras no alcanzó para todos; los más desfavorecidos quedaban nuevamente sin tierra, en su eterno trasegar de la vida. Toca andar para allá y para acá. Para los 2000, el corregimiento de Llorente en Tumaco se convertía en uno de los mayores productores de pasta de base de coca en el pacífico nariñense. La plata estaba allá: toca que ir a traerla nomás, decían.
Era verano. Hacía un calor incontrolable, en el aire se sentía el bochorno del día, iba a llover. Un pájaro cantaba en las lejanías, al parecer decía la palabra hueco y la repetía varias veces. Mi papá siempre decía que, si se encontraba parado en un árbol seco, era porque iba a hacer verano o, si se encontraba en un árbol verde, iba a llegar el invierno. Caía el atardecer, en el cielo azul clarito se observaba cómo las nubes iban tomando un amarillo cálido, opaco y negruzco. Qué día tan agradable, tan agradable y tan sufrido.
—Yo ya no quiero ir al colegio —le dije a mi papá sentada en la silla de madera que había construido él.
Para salir al colegio, que quedaba a 2 kilómetros de la casa, teníamos que caminar sobre un camino construido de tablas o tablones en medio del barro y la selva. En algunas partes tenía una tabla, en otras 2, había que transitar sobre ellas. A lado de este camino se encontraba el de los caballos; sin embargo, cansados de pisar el barro que cada vez se hacía más profundo, tanto por su propio peso como por las cargas que llevaban en su lomo, se disponían a caminar por los tablones que, muchas veces, se quebraban. Caminábamos por la selva, pasábamos caños, brincábamos charcos inmensos de lodo y barro. Muchas veces nos resbalábamos, pero ya teníamos el tino para caminar sobre el barro. El que podía caminar mejor casi nunca se hacía barro el pantalón e incluso podía salir con el uniforme desde la casa. Sin embargo, en invierno las condiciones se tornaban más difíciles, muchas veces no podíamos ir al colegio porque los caños y ríos se desbordaban o porque las lluvias duraban todo un día y era imposible salir de la casa. Al llegar al colegio, nos tocaba cambiarnos. De casa salíamos con ropa normal, el uniforme lo cargábamos en nuestros bolsos. Nos cambiábamos en alguna casa o tras el colegio para poder ir limpios a clases. Muchos de los estudiantes combinaban el uniforme con las botas de caucho que utilizábamos para transitar el camino, pero a nosotros nos parecía una manera muy extraña que nos hacía sentir mal, por eso llevábamos nuestros zapatos para utilizar con el uniforme; era lo que nos habían enseñado y no queríamos apartarnos de lo que conocíamos. Este trayecto de todos los días me llevó a decirle a mi papá que no quería estudiar. No quería acabar el grado 11, quería quedarme en la casa, en los quehaceres y no tener que transitar ese camino.
—No, vaya, termine el colegio. Ya es el último añito que te queda, no es por mucho.
Me levanté de la silla, fui a la cocina, tomé un vaso para colocar agua, cogí el cepillo que se encontraba sobre un listón de la casa de madera, tomé crema de dientes, me cepillé y subí las escaleras para ir a mi cama a acostarme.
Recuerdo ese episodio como el más complicado de mi vida porque me hace reflexionar que a esa edad, 14 añitos, si mi papá no me hubiera animado a seguir estudiando, posiblemente no lo hubiera hecho. Sé que los hubiera no existen, pero en este caso eran reales. Mi contexto me llevaba a realizar cualquier otra actividad que generara dinero, el estudio en estas zonas no es una opción. Una realidad que se vive a diario es que jóvenes de comunidades indígenas en estas zonas se dedican a actividades ilegales truncando sus sueños y muchas veces sus vidas.
Al final de cuentas, esta es la Colombia profunda de la que tanto se habla en el Gobierno, en las ciudades, entre los intelectuales, sin preguntarse cómo se vive, qué se siente, qué se siente que un camino de 2 kilómetros de barro te quite tus sueños, qué se siente que hayas tenido que migrar a lugares desconocidos con una cultura totalmente distinta, dejando atrás tu territorio, tu familia y la casita que te vio nacer, y adaptarte a una cultura donde confluyen narcotráfico, prostitución, disputas por territorio, conflicto armado, masacres y entre muchas cosas más. No hay de otra. Toca migrar. Dentro del territorio la tierra no alcanza para todos, no hay cómo mantener la familia. Toca irse.
A mis 25 años, me he sentido como una privilegiada a pesar de las adversidades. El hecho de haber estudiado en una universidad pública y ser profesional me lleva a pensarlo, sobre todo por los jóvenes del territorio que no pueden acceder a una educación pública de calidad. La universidad te permite otras formas y visiones de vida, te permite pensar más allá de tu comunidad y proyectarte en pro de ella y tu vida profesional. No es fácil, estas perspectivas te llevan a confrontar incluso a tu familia; te llevan a hablar de feminismo, a repensarte cómo llevas tu vida y cómo actúas dentro de la comunidad. Chocas constantemente con la cultura del territorio, que muchas veces es machista, misógina y patriarcal.
Como mujeres indígenas tenemos temor a nombrar y afirmar que nuestra cultura es así porque tendemos a ser señaladas como las locas, las que van en contra de los usos y costumbres, las desocupadas. Pero nunca se preguntan qué de esos usos y costumbres siguen perpetuando el machismo y la cultura patriarcal dentro de las comunidades. Existe un machismo colonial arraigado, sobre todo cuando se alza la voz en espacios públicos para que nuestra palabra sea escuchada. Las autoridades tradicionales, con comentarios machistas, pretenden callar nuestras voces haciéndonos ver como las locas desocupadas que no respetan la autoridad. La autoridad del hombre, porque en los espacios de poder dentro de la comunidad somos relegadas a ser las que acompañan, pero no las que dirigen. Las mujeres en la casa están bien, perpetuando usos y costumbres que nos revictimizan y muchas veces ocasionan la muerte.
Hoy en día, emprendiendo procesos de juntanza dentro del territorio, hemos venido caminando con mujeres resueltas que nos llevan a encaminar procesos desde nuestro sentir como indígenas para el cuidado de nuestro territorio, que también es nuestro cuerpo, estableciendo y recuperando la conexión espiritual que tenemos con él. Nos juntamos para pensarnos el territorio, para visionarnos desde nuestro sentir como mujeres resueltas renacientes el cómo caminarlo y habitarlo Hay grandes retos, como sanar las heridas coloniales que han sufrido nuestros territorios y cuerpos, reconciliarnos con nuestros cuerpos, con nuestros úteros, reconocernos como mujeres dadoras de vida, que en nosotras habita el poder de cambiar el territorio para el buen vivir de nuestros pueblos, juntarnos con los hombres en esta lucha colectiva contra este sistema que ha sabido sembrarse cada vez más dentro de las comunidades. Esperamos y deseamos que podamos ir transformando poco a poco el territorio, con el objetivo de lograr espacios que nos abracen como mujeres permitiéndonos caminar en la espiral del tiempo y seguir enchurando y desenchurando cada vez más a través de la memoria.
—Cómo será que hay hecho, pero así me ha tocado salir adelante. Qué más se va a hacer —dice Janeth Liliana tomando una olla del mesón, colocándola debajo del grifo y tomando agua para parar en la estufa y hacer aromática.
Tiene el cabello negro, abundante y largo, le llega a la mitad de la espalda. Algunas veces se lo trenza, otras se lo recoge con una pinza, pero siempre lo trae recogido. Tiene una tez trigueña, ojos negros profundos, tamaño mediano y una gran sabiduría. Como ella dice, es una mujer resuelta, como su abuelita Rosa le ha enseñado.
—También hay que mirar los desafíos a los que nos hemos enfrentado como mujeres indígenas dentro del territorio; cómo la posición que tenemos cada una, la vida o el contexto que nos ha tocado vivir han marcado nuestra vida —menciona Janeth Liliana levantándose de la banca donde estaba sentada y parándose a apagar la estufa donde había dejado hirviendo el agua para hacer una aromática, y sigue conversando—: Entonces, mi desafío ha sido ser mamá y también buscar las luchas en otro lado. Yo trabajé desde niña, desde los 12 años, y ahí es donde me acuerdo de mi mamá que también fue niña cuando me tuvo y me dejó con mis abuelos. Hoy en día yo la entiendo porque uno que es una mujer completa se le dificulta el decir cómo lo voy a mantener, qué voy a hacer y entonces más en ese momento que mi mamá tenía apenas 17 años.
Janeth empezó su liderazgo dentro de la comunidad en el año 2020, realizando su investigación para graduarse de la Universidad de Caldas, titulada Indios resueltos Crianzas y rodeos de los herederos legítimos de los primeros cumbales. Aquí comienza por contar, teorizar, estudiar e investigar las historias y enseñanzas que le ha brindado su abuelita Rosa Taimal. Y al mismo tiempo se enmarca en una investigación sobre las mujeres Pastos en la lucha por la recuperación de la tierra apoyada por el Centro de Memoria Histórica. Y sigue dedicando su lucha a la reivindicación de los derechos de las mujeres dentro de la comunidad y fuera de ella.
Recuerdo que conocí a Janeth en la socialización del proyecto del Centro de Memoria Histórica. Yo entré a la casa del Cabildo del Resguardo de Cumbal, creo que fue al baño o iba a la oficina del Centro de la Juventud por una constancia. Pasé al baño y miré que había una socialización, que estaban hablando unas chicas, decían que eran de la universidad, universitarias. Me llamó mucho la atención por su forma de hablar. Mi contexto y hasta el de mi universidad me habían proporcionado una forma diferente de expresarme y hablar. En la academia me habían enseñado que no hay que escribir como se habla y que para que los demás me pudieran entender debía remplazar algunas palabras propias de mi léxico. Me quedé como 15 minutos escuchando las intervenciones; me cuestionaba el hecho de que hablaran como lo hacemos en la comunidad.
—Y ella, cuando yo ya era grande, tenía otras expectativas, de decir que yo me voy a ir a estudiar, de tener un destino diferente, porque mi mamá era madre soltera y le tocó duro, irse a trabajar a la cocina. Por eso, cuando yo quedé en embarazo, fue como que se le derrumbó todo. Porque ella se llevaba a la idea de que las mujeres con hijos ya no podían estudiar y, como a ella le había pasado, lo más probable era que el papá del niño me abandonara y yo tuviera que seguir el mismo destino de mi mamá.
En ese momento no entendía que todo hace parte de un proceso de reconocimiento, tenía que reconocerme a mí misma como indígena del pueblo de los Pastos. No fue fácil, la sociedad occidental te permea tanto que piensas que no es necesario, que las cosas están bien y siguen su curso siendo indígena o no. En parte sí y en parte no. Se puede decir que sí porque no te preocupas por las problemáticas de la comunidad, te aíslas; sin embargo, no es conveniente, debido a la pervivencia y resistencia de nosotros como comunidades indígenas, luchas por derechos que por años nos han sido negados y que como mujeres hemos ayudado a construir desde todos los espacios. Ahora, si bien se ha logrado la reivindicación de los derechos como pueblos indígenas, tenemos que volvernos a pensar cómo estamos las mujeres indígenas en términos de derechos y reivindicación de nuestras luchas dentro del territorio.
—Después de graduarme de la universidad, me enteré de que se podían crear juntas de acción comunal. Entonces vine y les propuse que creáramos la junta, porque teníamos que tener en la vereda una sola junta. Hicimos todo el proceso de creación y papeleo, y delimitación del sector. Y fuimos la primera junta de mujeres.
Su lucha ha trascendido espacios comunitarios a través del dialogo, de la palabra, de pensar que podemos juntarnos como mujeres. Considero que es una líder íntegra que tiene un gran legado por enseñar y dejar. Su vida no ha sido fácil. Como muchos de los sin tierra, ha sido un proceso difícil para llegar a los espacios de participación comunitaria. Desde una posición de mujer, es más complejo posicionar la palabra de la mujer dentro del territorio; sin embargo, ella ha sabido hacerlo. Ser una mujer resuelta es saber caminar el territorio analizando y observando cada una de sus problemáticas, comprendiendo que nosotras también somos parte de él y, por tanto, debemos cuidar el territorio como parte de nuestro cuerpo, reconociendo el poder y conexión espiritual que tenemos como mujeres indígenas. La fuerza del territorio nos permite seguir trabajando por la comunidad, aportando desde nuestro conocimiento a la reivindicación de nuestros derechos. No es tarea fácil. Ser una mujer resuelta implica una gran responsabilidad que seguiremos caminando acompañadas de mujeres sabias del territorio, volviendo a la memoria para enchurar y desenchurar el conocimiento a través del tiempo.
1 Taimal Aza, J. L. (2021). Indios resueltos. Crianzas y rodeos de los herederos legítimos de los primeros cumbales (trabajo de grado para optar al título de Antropología). Universidad de Caldas, Manizales, Colombia.
2 O qué.
3 Disque.
4 Expresión para decir que se iba a trabajar con todo el ánimo.
5 Elemento de guadua para soplar el fogón.