Entre la carbonización de la actual crisis energética y la descarbonización de la transición energética| Panorama global (Parte I)

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El incremento de los precios y la demanda de los combustibles fósiles en las últimas semanas, sumado a los bajos niveles de agua en los embalses de las centrales hidroeléctricas y a los debilitados vientos que no permitieron que los aerogeneradores girasen como antes, en el recién terminado verano europeo, están causando pánico en los cinco continentes colocando el debate sobre la transición energética hacia fuentes renovables como uno de los temas más urgentes de las agendas políticas y económicas.

El gas natural y el carbón han tocado máximos históricos; el petróleo ya supera la barrera de los 80$, el precio de los derechos de emisiones de CO₂ en los últimos 10 meses se ha disparado de 30 euros la tonelada a más de 60, parecen elementos de una tormenta perfecta que podrían acabar con las expectativas de la tan esperada recuperación económica global de la postpandemia.

El mercado de emisiones de CO2 no se ha diseñado para perpetuar un nuevo negocio, sino para descarbonizar el sistema energético erigiendo uno nuevo libre de carbón. Por lo tanto, es insuficiente penalizar a las empresas que no emigren hacia fuentes limpias, si estas asumen los costos de esa penalización a cambio de transferir al consumidor final, vía precio de la electricidad, esa carga económica. En otras palabras, mientras exista carbón en el mix energético tendremos problemas climáticos y económicos.

El gas natural tiene su propia erupción y la demanda global crece como la espuma. La versatilidad de las centrales de ciclo combinado para bombear electricidad, bien para calentarse en el invierno o para enfriarse en el verano, han desatado una lucha para asegurarse la mayor cantidad de gas posible, ya sea licuado (GNL) y transportado en metaneros o vía gasoductos. Solo hay un problema, no hay suficiente disponibilidad para todos, con lo cual se debe pagar más y más para conseguirlo.

En Europa la producción de gas ha caído consistentemente y con ella las reservas que se encuentran un 16% por debajo de lo habitual, en parte por su utilización en el prolongado invierno 2020-2021. En Asia ha aumentado la demanda y Noruega y Rusia han restringido sus exportaciones desde agosto. La conjunción de esos elementos ha sido suficiente para que los precios del gas natural en Europa hayan aumentado 670% desde comienzos de este año alcanzando un máximo histórico de más de 150 euros por megavatio hora (MWh) en las primeras horas del pasado 6 de octubre. Por lo tanto, si las reservas no se recuperan en el corto plazo, la proximidad del invierno podría sacudir aún más el mercado energético europeo con impactos imprevisibles sobre el presupuesto de los consumidores y la inflación.

No obstante, la intervención de Vladimir Putin el mismo miércoles 6 de octubre trajo una tensa calma una vez que reafirmó que Rusia estaría dispuesta a ayudar a estabilizar los precios del gas natural, evidenciando la dependencia energética de Europa con Rusia. Este detalle, que no es menor, será un tema recurrente en el futuro cuando entre en funcionamiento el gasoducto Nord Stream 2, que si bien saciará la demanda de gas de Alemania y parte de Europa, jugará un papel muy importante en el turbulento tablero geopolítico actual y futuro, y como dice el refrán, que Dios nos agarre confesados.

Hasta ahora quizás lo más grave sea la crisis energética de China y su onda expansiva dentro y fuera del gigante asiático. La creciente demanda de más carbón y la orden de China de elevar la producción en más 94 millones de toneladas métricas para calmar la sed de electricidad a su poderosa industria, ha causado escases en los mercados internacionales presionando al alza los precios. Varias provincias han iniciado programas de racionamiento que impiden que industrias clave produzcan a su máxima capacidad. La economía mundial se está resfriando ante las lentas exportaciones de productos terminados y materia prima proveniente de China.

La hidroelectricidad está experimentando dificultades globales derivada de largas sequías. Brasil enfrenta una crisis en el suministro de electricidad sin precedentes que lo ha llevado a importar gas desde Argentina, y el país austral ya siente los efectos de la merma de agua del río Paraná sobre los cultivos, las exportaciones en barcos, y en la generación de electricidad de la central hidroeléctrica Yacyretá, que opera con niveles mínimos debido al estrés hídrico.

El ministro de Minas y Energía de Brasil, Bento Albuquerque ha dicho, que la falta de lluvias ha reducido de tal modo las reservas en las centrales hidroeléctricas, que éstas sufren un déficit equivalente “al consumo de una ciudad del tamaño de Río de Janeiro durante cinco meses”.

El Gobierno de Bolsonaro, desvincula la gravedad de la crisis al calentamiento global, a la emergencia climática y particularmente a la deforestación, al agronegocio intensivo y a su visión sobre la sostenibilidad como freno al desarrollo económico que lo ha conducido a desinstitucionalizar y abandonar la protección del medio ambiente.

Noruega, que cubre más del 90% de sus necesidades energéticas de fuentes hidroeléctricas, también padece de esta misma crisis con reservas de agua cada vez más reducidas. Los efectos se han visto de inmediato en los precios de la energía que se han quintuplicado en todos los países nórdicos en apenas un año, y la inflación toca la puerta como un problema a tener en consideración. 

Analistas del Bank of America creen que, si el próximo invierno es particularmente frío, el petróleo Brent podría remontar los 100 dólares. Para Norbert Rücker, la crisis energética actual es un fenómeno transitorio y de corto plazo, característico de un pico en el ciclo económico. La apreciación de Rücker no deja de ser cierta, pero me temo que no refleja completamente lo que podría estarse cocinando en lo más profundo de la economía mundial y tiene que ver con la necesidad de más y mejor energía, es decir, energía sin carbón, que desafortunadamente escasea.

Por otro lado, hay que reconocer que la transición energética no está ofreciendo aún todo lo que se espera de ella, ni está aprovechando el enfriamiento de las inversiones en las fuentes fósiles a nivel global para posicionarse como una alternativa real en menor de tiempo de lo estimado, para evitar que más lava se precipite al mar.

Echando más leña al fuego, la actual crisis energética se está afrontando con más combustibles fósiles. España, reactiva su principal central térmica  As Pontes ubicada en Galicia, cuya vida útil ya había concluido el pasado 30 de junio y solo esperando por los trámites de cierre. Para ello recibiría en los próximos días 80 mil toneladas de carbón, con lo cual es bastante probable que el precio de la electricidad pueda bajar sustancialmente. Esta solución luce claramente temporal, pero podría extenderse y agravar aún más la crisis, debido a los parones de las renovables por culpa de los recortes a la retribución anunciados por el Gobierno en el marco del Real Decreto-ley 17/2021, que además implicará mayores daños al medio ambiente, a la salud de las personas y probablemente pondría en peligro; los fondos asignados por parte de la Unión Europea para compensar los cierres de las plantas de carbón y en grave riesgo el cumplimiento de las metas de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero en el marco del Acuerdo de París.

Los estallidos de crisis energéticas regionales que hemos mencionado no son aislados. El gas, el carbón y el petróleo están cada vez más conectados y obedecen a las mismas dinámicas. Se encuentran centralizados por redes financieras que se comunican y se aprovechan astutamente, y paralelamente disponen del potencial para golpear sectores económicos, e incluso desequilibrar política y socialmente países y regiones.

Las fuentes de energías renovables, a la disposición de todas las naciones, son por diseño descentralizadas, ofrecen seguridad e independencia. Sin embargo, están sometidas a otros factores que las desestabilizan como; el cambio climático y particularmente la inestabilidad de los ciclos hidrológicos y las intermitencias del sol y el viento. Es por ello que se están secando embalses en China, Brasil o Noruega al mismo tiempo, o deteniendo autogeneradores en el espacio europeo por la baja intensidad de los vientos en el verano 2021.

Otras variables que frenan la transición energética son: la falta de voluntad política para emprender las transformaciones que reclama la gravedad de la crisis climática, o la resistencia al cambio de los países tradicionalmente exportadores de recursos fósiles, que por falta de innovación tecnológica, desconocimiento y compromiso en la lucha contra el cambio climático, están esperando cruzados de brazos que el repunte de los precios les llenan las arcas de dinero, o sin estar conscientes, casi embelesados, observan el hundimiento paulatino de sus industrias fósiles.

Somos conscientes que transferir todas las actividades comerciales, industriales, residenciales y de movilidad a las energías renovables no es una tarea sencilla y depende de muchos componentes asociados al tipo de economía y demanda energética de cada país. Adicionalmente, tenemos países con muy baja demanda energética y en consecuencia con bajas emisiones en la lista de países que exportan grandes cantidades de combustibles fósiles, pero indirectamente responsables de las que emiten esos combustibles una vez quemados. Por otro lado, constituye el ingreso principal que deber ser sustituido por otro que aún no saben cuál puede ser.  

¿Qué hacer frente a este escenario tan complejo? ¿Puede acelerarse la transición energética? ¿Qué deben o pueden hacer los países exportadores de recursos fósiles?

No existe una receta única, ni una ruta lineal. Cada Estado ha venido construyendo su propio recorrido para la transición energética y algunos están haciendo muy poco para ponerla en marcha. De modo que las acciones que voy a mencionar seguidamente deberían poder adoptarse sin más demora, independientemente del ritmo de cada país para frenar de algún modo la desestabilización del sistema climático global producto de los 50 mil millones de toneladas de CO2 que cada año enviamos a la atmósfera y que frente al escenario descrito podrían crecer:

1. Tener como norte la agenda que sugiere el Acuerdo de París (AP) sobre cambio climático de mantener la temperatura global en 1.5°C a finales del siglo.

2. Todas las inversiones y proyectos de cualquier naturaleza deben tener en cuenta prioritariamente las emisiones de CO2 que se derivarán de ellos haciendo un esfuerzo para evitarlas.

3. Los Estados deben adecuar sus marcos regulatorios a la ruta del AP y de las Contribuciones Nacionalmente Determinados (NDC), promulgando leyes sobre transición energética y el fomento de las energías renovables, entre otras.

4. Se deben eliminar los subsidios a los combustibles fósiles, que de acuerdo con el FMI equivalen a más de 5 billones de dólares cada año, teniendo en cuenta que son mucho más costosos para nuestro futuro.

5. Impulsar la eficiencia energética a través de la movilidad eléctrica, la modernización de viviendas y edificios, utilizando tecnologías y equipos de bajo consumo.

6. Lograr el apoyo y la participación ciudadana para modificar patrones de consumo. Sobre este aspecto la AIE en su informe Net Zero by 2050” (2021) destaca que cerca del 55% de las reducciones de emisiones de GEI en la ruta hacia cero emisiones al 2050 están relacionadas con el comportamiento del consumidor, como comprar un vehículo eléctrico, modernizar una casa con tecnologías de eficiencia energética, reemplazar viajes en automóvil por caminar, andar en bicicleta, o en transporte público, o renunciar a un vuelo de largo recorrido.

7. Asegurar legal, financiera y ecológicamente que la transición energética sea justa, y ambientalmente sostenible. En este sentido sus procesos deben sujetarse a un conjunto de estándares y parámetros internacionales y regionales en materia de derechos humanos, de debida diligencia empresarial, de estándares ambientales y sociales, para que puedan cumplir su papel transformador. Por ello el modo en que se implementa tiene que diferenciarse del estilo de generación de energía basada en fuentes fósiles que desafortunadamente ha estado de espaldas a esos estándares o parámetros.

 

Este artículo se publicó originalmente en CuentasClarasDigital.org